Dando tumbos alrededor de quién sabe qué huecos
Markus Jakob

Margarit Lehmann recela de la palabra »cósmico« si, mirando alguno de sus grandes dibujos, se nos antojara reconocer, o vislumbrar, el universo infinito, como si de representaciones de una dimensión ajena a nosotros se tratase, y en la que flotásemos como un grano de polvo, menos aún: una partícula ridícula. Y ello quizá porque, con el mismo derecho, estas imágenes proceden de dentro de nosotros, de nuestro cuerpo. ¡Qué espanto! Pues no: según Margarit, ni lo uno ni lo otro.

»Ves lo que no es«, me aclara en un e-mail de último minuto. »Y lo que no es, sí es que es.« (Ya que me lo escribe en alemán, queda pendiente si la traducción sería más fiel poniendo –o alternando– »estar« con »ser«: »¿Lo que no es, sí que está?« ¿O al revés? Heidegger, en lengua alemana, tenía otros recursos para liarla; el »ser« y »estar« son un privilegio del castellano.)

No obstante, sus despliegues espaciales que regular y insistentemente engañan a nuestros ojos, como en un juego cinético –¿Op-Art revisited?– no dejan de invitarnos a comparaciones cósmicas y/o anatómicas. ¿No nos asalta, en el cuadro titulado Void, este vacío enorme como un recorte, una agrandada bestial de un detalle del dibujo Concentration que a su vez nos disparó fuera de nosotros, al espacio, al mismísimo Weltall? En ambos casos, de manera aparentemente diferente, son los voids, los intersticios que pueden esconderse incluso dentro de las células mismas, pero que aparecen en primera línea como el espacio que Margarit precisamente no tocó, y que paradójicamente forman los vacíos, las oquedades que más impactan la mirada: como si el verdadero trabajo de la artista, los alrededores, fueran una especie de paisajes que únicamente sirviesen para resaltar la nada.

Llámalo laguna, oquedad, intersticio, incluso –¿en sentido temporal?– intervalo. Lo que está claro es que la seducción por el juego y sus reglas que ella misma pretende, explícitamente y a la vez, »a cumplir y a romper«, se urde en aquel centelleo alrededor del vacío que percibimos como el espanto de la vacuidad en la que flotamos, posiblemente la vida.

De ahí, Margarit Lehmann nos reconduce, reivindicando una percepción más terrenal, menos metafísica, a la mirada engañada, y hasta al mero juego óptico como lo son los círculos (en realidad, ovaloides) que, pegados en una esquina del espacio en el que nos encontramos, cambian su forma según la altura desde la que se las mire, hasta convertirse en perfectos corazones. Es otro guiño al Op-Art, juguetón, irónico; un círculo que no lo es se vuelve corazón, como toda la obra de Margarit vacila entre una geometría implacable y la dulzura de la vista de un astronauta o de un patólogo. (En sus obras filigranas de los años noventa, la artista había puesto en peligro la luz de sus ojos. El ordenador no solo le salvó la vista, sino le permitía crear matices que ponen a prueba nuestra propia atención perceptiva.)

El vacío, la laguna, la oquedad –o las burbujas que flotan, se juntan y se pierden, en el video titulado bubble_9248 – no son necesariamente el abismo dentro de nosotros; más bien, virtualidades como el cosmos que creímos ver fugazmente. Antes que nada, son células a base de dibujos hechos a mano, luego multiplicados, modificados digitalmente, y su oscilación, su centelleo, su rielar alrededor del nada no son un mero apéndice, pero sí la satánica substancia que crea el abismo en el que se hundió nuestra mirada.

Este placer que Margarit Lehmann describe con la difícilmente traducible palabra Verfremdung – »lo que deja al observador ver las cosas bajo una nueva luz, con tal que se revelen las contradicciones de la realidad«, según un diccionario –, se ofrece ahora en un apartamento del ensanche de Barcelona, un chaflán de la Rambla de Cataluña. No hay que buscar muy lejos para encontrar similitudes entre la infinidad de lo que el ingeniero Cerdà llamaba »intervías« –voids llenos de vida– y los intersticios de Margarit Lehmann.